53 votos
Desde hacia unos meses las familias de Tomàs y de María habían fijado la fecha del domingo 27 de mayo para celebrar una comida, ya que la pareja había anunciado a sus respectivos padres, después de varios años de noviazgo, su intención de contraer matrimonio.
Tomás es hijo de un hotelero de Santa Eulària y el padre de María es el propietario de una poderosa constructora de la isla. Desde que empezaron a verse, sus familias no han dejado de decirles que forman una pareja ideal. Él tiene 34 años, es director de una sucursal bancaria y gestiona fondos de inversión de una solvente cartera de clientes. Ella también estudió, pero no trabaja y su sueño es tener tres hijos y dedicar su vida a verlos crecer y a amar a su futuro marido. La vida les sonríe y ambos están encantados con la perspectiva nupcial.
Celebran el banquete en la casa de Santa Gertrudis donde Tomás y María vivirán cuando se casen. Es un regalo del padre de éste, fruto de una herencia de un tío que murió sin hijos. Una casa payesa restaurada, con una gran plaza delante, donde se ha preparado una gran mesa para los más de 60 invitados. Tanto María como Tomás son ibicencos y solamente entre padres, abuelos, hermanos, tíos, sobrinos y primos que han sido invitados ya superan esa cifra. |
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Para la ocasión, Joan, el padrino de María y propietario de un restaurante de playa, ha preparado una enorme paella. La gente ha empezado a acudir al mediodía y a las cuatro todos están comiendo, entre las risas, los brindis y los gritos de los más pequeños, felices debajo de un sol radiante y una jornada de temperaturas primaverales. Las horas pasan y, entre la comida, los postres y la tertulia el cielo va oscureciéndose. Se podría decir que los invitados han perdido la noción de tiempo cuandoTomás mira el reloj y exclama:
- ¡Si ya son las siete y media, pues no vamos a poder ir a votar!
- Yo ya he ido a primera hora a cumplir con mi deber con el partido –afirma un primo de María, afiliado a las nuevas generaciones.
Pero de los demás no ha ido nadie. Este hecho les invita a especular, hablan de los candidatos y de la flaqueza y las pocas luces del de la oposición, acosado por escándalos aparecidos en los medios durante la campaña. Se ríen y alguno afirma que “éstos son unos ladrones, lo llevan claro para ganar”. Este comentario devuelve la tranquilidad al convite y pasan a otros temas. Más tarde, enfrente del televisor, en sus respectivas casas, los comensales llegarán a la conclusión de que definitivamente no fue el mejor día precisamente para celebrar la fiesta y perder 53 votos en pro, eso sí, de una suculenta paella.
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